Un mundo incierto y cambiante

Es un lugar común afirmar que la globalización, la tecnología y la crisis financiera han cambiado el mundo. Pero la percepción social y política de estos cambios es apenas una intuición de los que nos esperan. Entre economistas quizás el factor más conocido de esta trilogía sea la globalización. Los hombres de negocios y los sociólogos subrayan la importancia de la revolución de las tecnologías de la información y las comunicaciones que hemos venido a llamar digitalización. Mientras que la crisis financiera permanece como un arcano entre especialistas. Las tres juntas han supuesto un auténtico terremoto en el equilibrio de poder mundial, sin precedentes desde la revolución industrial.

Desde entonces, la producción y el consumo mundial se acumulaban de manera absolutamente desproporcionada en ese espacio geopolítico que hemos venido a llamar Occidente. No hace ni cuarenta años que más del 80% del PIB mundial se concentraba en esos pocos países. Hoy, según el FMI, más del 60% del crecimiento mundial procede de Asia y casi el 80% de ambas riberas del Pacífico. El centro de gravedad de la economía mundial está hoy situado cerca de Vanuatu, un país insular localizado en el oceáno Pacífico Sur, es un territorio simbólico porque a principios de siglo decidió cambiar de uso horario para estar en el mismo día solar que China y un día antes de Estados Unidos. La OCDE habla de que en 2030, pasado mañana, el 66% de la clase media mundial estará en Asia, en Europa apenas el 14% y en América del Norte el 7%. Recordemos que la clase media es la que con su consumo mueve el mundo económico y con su participación política, decide gobiernos. No es difícil explicar el malestar social de los países desarrollados a la luz de estos datos. La decadencia de Occidente, lo que los chinos llaman el retorno a la normalidad, la seguridad de que su peso en el mundo solo puede disminuir, explica una parte importante de la insatisfacción creciente de sus habitantes con el sistema social y político. La crisis del euro es también una consecuencia de la globalización. La Euroesclerosis no es más que la manifestación de la pérdida del liderazgo tecnológico y científico del que disfrutábamos desde la invención de la máquina de vapor. Parafraseando a Eichengreen, el exorbitante privilegio occidental ha desaparecido y los ciudadanos de los países desarrollados empezamos a notar su pérdida.

La digitalización tiene la culpa, en parte. Ha erosionado las barreras de entrada que nos protegían de la competencia en muchas actividades económicas; ha convertido la información en un bien casi libre y facilitado su acceso en tiempo real desde prácticamente cualquier lugar del  mundo al que llegue una antena móvil; ha destrozado las cadenas de valor tradicionales que explicaban la verticalización de la actividad productiva en grandes conglomerados empresariales multinacionales. Y sus efectos no han hecho más que empezar. No hay dirigente empresarial que pueda permanecer al margen de su efecto disruptivo. Hasta las clásicas economías de aglomeración que explican el origen de las ciudades desde el estudio de Pirenne sobre el auge del Mediterráneo son hoy, en parte, una reliquia del pasado. Lo digital supone un nuevo modelo de negocio donde cooperación y competencia irán necesariamente de la mano. Pero rentabilizar la apuesta digital es todavía un reto para muchas industrias y muchas compañías. Los días en que la valoración de una empresa dependía de las visitas a su página web y no de su EBITDA han pasado a la historia, aunque algunos aventureros todavía lo ignoren. El mundo digital es una mezcla de clicks y bricks, pero siempre con una persona de referencia al otro lado del espacio virtual. Conviene no olvidarlo.

La crisis financiera ha acabado con el mito de las ventajas institucionales de los mercados de capital de los países desarrollados.  Seguridad jurídica, protección del inversor, calidad de la regulación han saltado por los aires a medida que se comprueba la incapacidad demostrada para prevenir fenómenos tan repetidos como las burbujas de activos, financieros o reales. Llevados por nuestra propia soberbia intelectual, llegamos a creer que habíamos conseguido domesticar los ciclos económicos y descubierto la piedra filosofal del crecimiento continuo y el pleno empleo. Hoy, ocho años después, seguimos inundados de deuda y apelando a los bancos centrales a que no retiren la liquidez de emergencia que sostiene el crecimiento. Circunstancias extraordinarias en las que el ahorro está penalizado. Se ha llegado a prestar dinero al gobierno alemán a sabiendas de que la devolución del mismo unos años después implicaría pérdidas. Eso solo puede reflejar miedo al futuro, un futuro que parece demasiado incierto, económica y políticamente.

Está naciendo un mundo nuevo, auténticamente global, multipolar, sin un liderazgo indiscutible ni siquiera reglas comunes de aceptación universal. Las instituciones multilaterales que con tanta paciencia como confianza construimos tras la Segunda Guerra Mundial para dar estabilidad y progreso al mundo, como las Naciones Unidas, el Fondo Monetario Internacional o la Organización Mundial de Comercio, carecen de legitimidad porque representan un reparto de poder que ya no se corresponde con la realidad y tampoco han sabido generar legitimidad de uso en el sentido weberiano. Las migraciones, uno de los grandes retos del futuro, impulsadas exponencialmente por el efecto demostración de las redes sociales, ni siquiera tienen un espacio propio donde intentar coordinar una solución global. Pero vemos también cómo su propia complejidad mina incluso los proyectos de integración existentes en zonas que suponíamos estables y consolidadas como la Unión Europea. El cambio climático lo mismo; la propia iniciativa del Panel de UN cada vez es más cuestionada como foro de discusión y mecanismo de decisión.

Un mundo en cambio multipolar y deslocalizado es por definición más inestable. Nadie puede ya jugar el papel de policía mundial que corresponde al Imperio; ni por poder económico, demográfico, científico ni militar. Es un mundo sin embargo más justo, más igualitario, pese a la insistencia en la desigualdad  interna en los países desarrollados; la globalización ha convertido en clase media a millones de seres humanos en los países emergentes y ha sacado de la miseria a otros muchos millones. Cosa distinta es que con el desarrollo los niveles absolutos de lo que consideramos dignidad humana vayan afortunadamente haciéndose más exigentes, económica y políticamente. Por eso necesitamos nuevas instituciones de cooperación y solución de conflictos económicos y políticos. Porque es en los momentos de cambio cuando se reparten nuevamente las cartas, cuando surgen nuevos ganadores y perdedores. El gran reto del siglo XXI es crear un sistema que combine incentivos adecuados que estimulen un cambio deseable con redes de seguridad generosas que alivien la carga de los perdedores, de los desplazados, de los excluidos.

Por Fernando Fernández. Profesor de Entorno Económico, IE Business School

Share on FacebookTweet about this on TwitterShare on LinkedIn

Deja un comentario


*