El sueño de viajar al espacio

Michael López-Alegría tenía once años cuando escuchó las palabras de Neil Armstrong al pisar la luna: «Es un pequeño paso para un hombre, pero un gran salto para la humanidad». Esa voz, que llegaba a través de la radio, se le quedaría grabada para siempre. Aquel 21 de julio de 1969 nacía un astronauta.

Cuatro misiones espaciales, más de 257 días en el espacio, parte importante en la construcción de la Estación Espacial Internacional y récord americano en actividades extra vehiculares. Quién se lo habría dicho a aquel niño que escondía en su armario dibujos del sistema solar. Michael López-Alegría compartió la historia de sus viajes al espacio con los asistentes a la presentación de nuevo International MBA del IE el pasado 14 de abril.

Como cualquier niño, al poco tiempo de escuchar la frase de Armstrong y decidir que quería ser astronauta, cambió de idea y pensó que sería jugador de fútbol. Luego prefirió guitarrista y después médico hasta que finalmente optó por arquitecto. Creció y en 1976 entró en la Academia Naval donde, sin saberlo, se iría acercando al camino indicado para ser astronauta. Eligió la rama de la aviación y durante un tiempo pilotó un avión de carga que le permitía pasar temporadas en Madrid y tomarse una copa de vino cada noche. Un día, leyendo una revista de la Academia, descubrió un artículo en el que hablaban de pilotos de pruebas que habían sido seleccionados para ser astronautas. Su vista se paró en ese artículo y se dio cuenta de que quizás el sueño que había tenido a los once años podría convertirse en realidad.

Después de hacerse piloto de pruebas fue seleccionado para entrar en la NASA con la promoción de 1992. Tres años más tarde viajó al espacio en su primera misión espacial sobre la lanzadera más sofisticada que se ha hecho nunca. Su destino no era la luna, como había imaginado siempre, sino girar alrededor de la Tierra.

Hoy todavía recuerda a la perfección la sensación que tuvo antes de subirse a la lanzadera por primera vez. Un año de preparación hasta llegar a ese momento en el que la excitación está a flor de piel. En el camino a la nave, el capitán y el equipo repiten las mismas palabras: “Por favor, Dios, no dejes que la fastidiemos”.

A lo largo de su carrera, Michael López-Alegría ha sido comandante de la Estación Espacial Internacional y ha llegado a pasar allí, a 400 kilómetros de la Tierra, hasta siete meses. La Estación está considerada como el proyecto de ingeniería más importante y más complejo que se ha hecho. Hoy, seis astronautas tripulan la nave mientras realizan diferentes misiones e investigaciones científicas.

¿Y cuál es el futuro del negocio espacial? “Ya no solo los países van al espacio, ahora las empresas también tienen acceso a estas tecnologías y realizan viajes espaciales”, comenta Michael, quien ha sido Presidente de la Federación Comercial Aeroespacial, una organización que promueve el liderazgo en vuelos espaciales comerciales fomentando la innovación tecnológica.

Empresas españolas y de todo el mundo han empezado a trabajar para acercar la luna y las estrellas a aquel que lo desee. Paseos hasta el límite de la atmósfera o viajes de ida y vuelta hasta el espacio. La innovación y la tecnología se ponen a disposición de los ciudadanos que quieran, y que puedan, unirse a tal aventura. Incluso a disposición de las propias agencias espaciales con necesidad de reducir costes. Este es, sin duda, un modelo de negocio incipiente que, a ojos de Michael, podría interesar a muchos alumnos de un MBA.

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