El futuro de Europa, con o sin Grecia

Hay que ser un eurócrata pertinaz o un eurofanático vehemente para no ver lo obvio: el proyecto europeo está pasando por tiempos difíciles. La lista de reveses es larga: la recuperación económica tras la crisis está siendo lenta, la situación entre Rusia y Ucrania está en punto muerto, miles y miles de refugiados sirios están intentando llegar a Europa, este año Grecia ha estado a nada de abandonar el euro y el Reino Unido prepara un posible referéndum sobre su salida o permanencia en la UE. Aunque todavía es posible rodearse de “europtimismo” y relegar todos estos temas a un segundo plano. Al fin y al cabo, se ha aprobado un nuevo plan de rescate financiero para Grecia, el referéndum británico sobre la UE no es inminente y se está trabajando en la creación de un plan de acogida de refugiados sirios por toda Europa. Pero estos son solo parches para unos problemas estructurales de mayor envergadura. El fantasma de la “Grexit” (y la “Brexit”) ha puesto en tela de juicio la irreversibilidad de la integración europea. Y, mientras pierde población y su participación en el PIB mundial va disminuyendo, Europa está poniendo de manifiesto su inquietante falta de capacidad para conformar el contexto internacional, incluso en su ámbito territorial más cercano.

La idea de una Europa “más pequeña” está resurgiendo como un concepto interesante entre algunos líderes europeos. Quizás las cosas fueran mejor si ciertos estados miembros problemáticos abandonaran el barco y la UE se volviera más “coherente” en torno a un núcleo de menor tamaño. Un ejemplo clarísimo de esta actitud han sido las negociaciones sobre Grecia este verano. Incluso Valéry Giscard d’Estaing, firme defensor de este país, acompañó la declaración de que “Europa sin Grecia es como un niño sin certificado de nacimiento” con la recomendación de que el país heleno saliera del euro de manera cordial para arreglar su economía. Por otro lado, Wolfgang Schäuble se mostró partidario de que Grecia abandonara el euro aunque sea de forma temporal, aparentemente la Comisión Europea elaboró un plan para tratar las posibles consecuencias y Yanis Varoufakis se planteó emitir pagarés y crear un sistema bancario paralelo para hacer frente a dicha posibilidad. En un referéndum convocado de manera un tanto apresurada, los griegos rechazaron las condiciones de los acreedores solo para ver cómo su gobierno las aceptaba pocos días después a cambio de la vaga promesa de una futura reestructuración de la deuda. Con un plan de rescate financiero que ya ha pasado por el parlamento de Grecia y otros países europeos, todo esto parece formar parte del pasado. Y, sin embargo, asusta pensar lo cerca que ha estado Grecia de dejar el euro y la larga lista de complicaciones económicas, legales y políticas a las que el resto de la UE se habría tenido que enfrentar.

Evitar la salida de Grecia ha sido sobre todo un logro de la diplomacia francesa, puesto que fue principalmente Francia quien defendió la unidad de la zona euro. François Hollande ha puesto sobre la mesa unas ambiciosas propuestas para lograr una eurozona mucho más integrada y, en principio, Angela Merkel no se opone. Pero esto choca de frente con el interés de David Cameron en renegociar los tratados en la dirección contraria, lo que da al Reino Unido más margen para optar por abandonar varios acuerdos europeos. Está claro que Europa se encuentra en una encrucijada incluso mayor que la que vivió en los años 90, cuando se creó la moneda única. La actual estructura institucional de la UE encierra demasiadas contradicciones internas para que las cosas funcionen –una fórmula mal concebida para una unión cada vez más desunida. La crisis de la deuda griega lo ha puesto de manifiesto; de hecho,  la crisis griega está alcanzando otra dimensión con la llegada cada semana de miles de refugiados a las islas de este país. Por mucho que Europa pueda salir del paso por un tiempo (Système D, como dirían los franceses), a la larga no es sostenible tener una integración comercial y monetaria si no se cuenta con una mayor unión fiscal y política.

Si no hay unos controles, un país podrá pedir demasiados préstamos y acabar sucumbiendo, como le ha sucedido a Grecia. Si la UE no es capaz de fomentar el crecimiento, los países miembros con una economía en declive entrarán en un círculo vicioso de recesión, como ha pasado en Grecia. Si no existe el firme compromiso de conseguir que la zona euro sea un bloque político estable más que una unión monetaria oportunista, el temor a la salida de los países con dificultades ahuyentará a los inversores y toda reforma que se adopte resultará inútil, que es exactamente lo que ha sucedido en Grecia. Con una política de asilo descentralizada, los refugiados seguirán llegando en masa en condiciones inhumanas a los países periféricos de la UE, como está pasando en Grecia. Y la libertad de movimiento sin transferencias fiscales de países más ricos a países más pobres seguirá llevando al Reino Unido y Alemania a miles de jóvenes parados griegos, letones y españoles, exacerbando una reacción social contraria incluso a la inmigración interna de la UE.

Por lo tanto, en muchos sentidos el drama heleno de este año ha sacado a la luz el punto muerto en el que se encuentra la integración europea. Necesitamos pasar con urgencia a una nueva etapa de examen de conciencia y diálogo sobre el futuro de Europa. Los líderes europeos y sus electores tendrán que reflexionar sobre cómo avanzar en el camino (o quizás retroceder). Como país individual, es posible que Grecia sea demasiado pequeño como para tener mucho peso, pero los problemas son de ámbito continental. Y no es solo Grecia la que necesita una reforma, sino toda la UE. Mientras la UE mantenga esta forma disfuncional, se irá consumiendo en fricciones internas y no sabrá actuar como un bloque íntegro en el escenario mundial.

By: Evan Liaras

Professor of International Relations, IE University

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