La migración, un reto de nuestra era

Casi 60 millones de personas se han visto obligadas, en los últimos tiempos, a abandonar sus hogares para huir de la guerra. Es la peor crisis de refugiados de la historia desde la Segunda Guerra Mundial. Según Peter D. Sutherland, Secretario General de la Organización de las Naciones Unidas para la Migración y el Desarrollo, este es uno de los grandes retos que afronta la sociedad actual. En el caso de Europa, el principio de libre circulación se encuentra en riesgo por los múltiples controles fronterizos que algunos países han implantado para detener el flujo de refugiados, especialmente aquellos procedentes de Siria. En su opinión, esto pone de manifiesto un grave problema de confianza entre los estados miembros, lo que podría poner en peligro la estabilidad de la propia Unión Europea. Algunas de las consecuencias de esta situación son la división de la sociedad y el ascenso de partidos políticos xenófobos y racistas en algunos países de Europa.

Los padres de la Unión Europea trabajaron para poner fin a todos esos movimientos que habían causado muchas guerras: nacionalismo, proteccionismo, xenofobia, racismo… Con unos principios políticos “nobles” quisieron imponer la dignidad e igualdad de los hombres para crear una política común entre países muy diversos. Sin embargo, como señala Sutherland, “no hemos llevado a cabo nada de esto. En los tiempos que corren asistimos a la desintegración de muchas de estas ideas. Hemos visto a candidatos parlamentarios, a ambos lados del Atlántico, expresar opiniones sobre otros. Hemos sido testigos de gobiernos europeos que sólo estaban dispuestos a aceptar a refugiados de religión cristiana”.

Los gobiernos, la sociedad, no pueden elegir si acoger o no a una persona que emigra para salvar su vida. Recuerda Sutherland que después de la guerra, en 1951, se aprobó una convención para proteger y dar asilo a los refugiados (personas que huyen de cualquier tipo de persecución, incluida la guerra). En la firma de este tratado se acordó que esta sería una responsabilidad global, no de proximidad. Hoy en día, con la crisis de refugiados en Siria, sólo tres países europeos están aceptando este deber: Italia, Alemania y Grecia. Este último, a pesar de sus problemas económicos, ha acogido a más de 52.000 personas.

migración

 

“Muchos de los grandes hitos alcanzados por la Unión Europea están siendo destruidos mientras se construyen vallas fronterizas”, afirma Sutherland. Y no parece que este conflicto se vaya a ver resuelto a corto plazo ya que cada día aumentan las oleadas de refugiados. “El gran reto de Europa es crear una visa humanitaria que funcione y abrir caminos hacia la emigración legal”, añade. Facilitar el movimiento de personas, además, cortaría el oxígeno de los contrabandistas que traen inmigrantes ilegales en Europa.

En 2015 hubo 244 millones de emigrantes en todo el mundo y de ellos 20 millones eran considerados refugiados. Esto es un problema global, no sólo de Europa por cuestiones de proximidad.

“Vivimos un momento retador”, exclama Sutherland, porque erradicar este problema implica la implantación de nuevas políticas y la participación de diferentes actores: crear políticas de desarrollo, fomentar la emigración legal, cerrar acuerdos con países que son fuente de emigrantes para regularizar una situación que de otra forma estaría fuera de control y elaborar una política extranjera por parte de Europa que tenga un impacto real. Además, las propias ciudades deberían trabajar en políticas de integración que eviten la creación de guetos o, lo que es peor, de campos de refugiados.

Desde un punto de vista económico, la llegada de refugiados a Europa tendría un impacto muy positivo. “Nuestro continente se está muriendo: tenemos una de las 10 tasas de natalidad más bajas del mundo. Alemania, por ejemplo, necesita un millón de inmigrantes nuevos al año para poder sostener el equilibrio entre trabajadores y retirados”, explica. Además, según Sutherland, si Alemania y Suecia, por ejemplo, acogen a un elevado número de refugiados incrementarán su PIB en un 1% cada uno.

“Vivimos en un mundo de globalización de cuyos beneficios nos aprovechamos. Pero también debemos aceptar las responsabilidades que conlleva, entre ellas la movilidad de las personas”, explica Sutherland. Esta generación, añade, tiene el deber y la obligación moral de estar involucrada en este problema creciente.

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