España en la carrera digital

¿Puede ser una empresa que produce tornillos una empresa digital? ¿Estamos ante un  concepto de moda o ante una etiqueta que alude a organizaciones que están haciendo las cosas de un modo diferente? Las preguntas resultan pertinentes, pues en este punto en el que nos encontramos, con una fuerte difusión y empleo del término digital, puede haber quien se pregunte cuánto de realidad y cuánto de ficción hay detrás del concepto. Pues bien, si partimos de la base de que las empresas digitales son aquellas que utilizan las modernas tecnologías de la información como elemento diferencial, en la medida en que modifican procesos de negocio (y empleo el término “modernas” porque hemos ascendido ya un nuevo peldaño en la evolución tecnológica y podemos hablar de una nueva era), es evidente que hemos entrado de lleno en la época de la digitalización.

Es cierto que hay todavía muchos sectores, sobre todo en el campo industrial, cuyas empresas cuentan con procesos de producción analógicos, si bien han incorporado las tecnologías digitales en áreas de gestión relacionadas con el entorno de clientes, marketing o recursos humanos. Y lo natural será que durante un periodo más o menos largo convivan empresas digitales y empresas analógicas, e incluso, como estamos viendo, con modelos mixtos en los que convivan procesos de producción innovadores con una creciente prevalencia de las herramientas digitales en el área de gestión.

Alguien me dirá que el recurso a las tecnologías de la información no es nuevo en las organizaciones y las empresas, y de hecho es así. Lo que ocurre es que cuando éstas tecnologías alcanzan su estándar de optimización terminan por convertirse en commodities que homogenizan los comportamientos y respuestas de los distintos actores en el mercado. Cuando esto ocurre hay que esperar a que surjan otras nuevas que aporten innovación y constituyan una disrupción con una determinada forma de hacer las cosas que se consideraba ya consolidada. En estos momentos, ese papel de abanderados de la digitalización lo están protagonizando muchas startups. Y su influencia está propiciando un cambio profundo en muchas empresas que se ven presionadas por la competencia que ya comienzan a representar en diversos mercados.

Sin embargo, la velocidad de transformación de empresas y organizaciones a este nuevo paradigma digital va a depender del grado de sensibilización que éstas presenten al cambio, pero, sobre todo, de la actitud de sus propios dirigentes hacia el mismo. Si analizamos este aspecto, comprobamos que hay industrias que ya han entendido el mensaje y se han puesto manos a la obra para adaptarse a los nuevos tiempos. Ahí está, por ejemplo, el sector bancario, acuciado por la amenaza que representan los gigantes tecnológicos que todos conocemos y esas empresas de nuevo cuño que se denominan fintech y que ya han empezado a arañarles cuota de mercado en negocios de nicho. En cambio, donde queda todavía mucho por hacer es en el sector público, sobre todo en lo que se refiere a la integración de datos entre administraciones o en todo aquello que tiene que ver con el fomento de la transparencia o  la apertura de cauces de participación ciudadana.

Con los datos en la mano, podemos decir que España presenta un importante déficit de inversión en IT, si nos comparamos con los países de nuestro entorno, como Alemania, Francia, Reino Unido o los países del norte de Europa. Y sin embargo, contamos con una concentración de talento extraordinaria, representada por los titulados universitarios que cada año salen de las facultades con una sólida especialización en las distintas áreas que conforman hoy el vasto mundo de las tecnologías y las comunicaciones. De hecho, no son pocas las empresas internacionales que, conscientes de este atractivo, han trasladado sus centros de programación e innovación a nuestro país, aprovechándose además de unos costes laborales mucho más competitivos. Por tanto, si España ha realizado ya su inversión en conocimiento y en capacidad,  lo único que nos queda es impulsar desde las empresas, las administraciones y la propia ciudadanía iniciativas que puedan aprovecharse de este gran potencial que representan las tecnologías digitales.

Hasta la fecha, los campos más sensibles a la incorporación de estas herramientas han sido aquellas áreas de las empresas más orientadas a clientes, como marketing, redes sociales o gestión de datos. Pero es previsible que su empleo se extienda a todo el universo de servicios relacionados con las personas y los empleados, haciendo mucho más fácil y prácticamente a medida los programas de formación y la relación y promoción dentro de la empresa. Además, su irrupción será crucial, lo está empezando a ser ya, en el campo de la gestión de datos, que algunos se han apresurado a tildar, y con razón, el nuevo oro negro de la economía. Probablemente no seamos todavía capaces de visualizar las posibilidades que nos trae el Internet de las Cosas, aunque sí somos conscientes de que nos encontramos ante una fórmula más científica, cimentada sobre una inmensa miríada de datos reales, a la hora de tomar las decisiones que nos atañen a todos.

El mundo digital representa una excelente oportunidad de mejora para la sociedad. Y tiene que ser aprovechado tanto por las empresas como por los ciudadanos.

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