A.C. Grayling: “Para entender la mente, hay que sumar al estudio del cerebro el de las humanidades”

El Aula Magna del Campus de IE University de Segovia se abarrotó de gente que no quería perderse lo que A. C. Grayling iba a decir.
El filósofo apareció con puntualidad británica. Durante la hora que transcurrió desde que subió al estrado hasta que bajó de él, se dedicó a explicar algunas ideas sobre las que debería reflexionar “cualquier buen conversador”.

La primera parte de su intervención la dedicó al modo en que vemos a China desde otros países. Aunque la economía del gigante asiático es a menudo puesta como modelo de referencia, el pensador advierte de que China es un ejemplo peligroso: “Los dirigentes de países emergentes que ven moderado su poder por las elecciones ven en el ejemplo de China que es posible estar cerrado a la democracia y sin embargo tener una apertura económica”. Las consecuencias de que algunos países lo interpreten así serían, según Grayling, nefastas: “los derechos humanos y las libertades individuales se convertirían en algo del pasado”.

El ponente alertó de algunas atrocidades que ocurren en China en pleno año 2015. “Unos veinte millones de personas están en detención administrativa y son enviados para reeducación por medio del trabajo en campos de ídem”. Y recuerda, tajante: “Esto forma parte del mérito económico de China”. Y continuó: “Los chinos no tienen casi políticos, las organizaciones civiles son casi inexistentes. Los partidos de la oposición son testimoniales en sus congresos. Hay más de sesenta y dos crímenes penados con la muerte. Antes de las ejecuciones, quitan a los reos algunos órganos como las córneas. Este tipo de prácticas no son deseables en un país desarrollado”. E invita a la reflexión: “El enorme éxito de su icono nos obliga a preguntarnos si vamos a aceptar que los países en vías de desarrollo e incluso los desarrollados se empiecen a parecer a China o si, por el contrario, nos vamos a agarrar a los grandes logros de nuestra sociedad en materia de derechos humanos”. Como solución, Grayling apunta a la llegada de un presidente chino que fuera valiente y dijera “no solo tenemos que abrirnos en el ámbito económico, sino también de otras formas. Un modelo que desacredita los derechos humanos no es aceptable a largo plazo”.

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Aunque afirma que no le gusta generalizar, el filósofo opina que los chinos son muy buenos en los negocios, y tiene una idea de por qué esto es así: “Al mundo empresarial le gusta la estabilidad, poder predecir lo que va a ocurrir. Y un gobierno autoritario da esa estabilidad y certidumbre que la economía desea”. En Occidente, por el contrario, los cambios de gobierno cada pocos años, unidos a los cambios normativos, acarrean tumultos en el mundo financiero.

En opinión de Grayling, estos cambios que podrían producirse si algunos países imitan a China “deberían formar parte de la reflexión de cualquier persona educada porque darán forma a los cambios del mundo y a la forma en que lo concebiremos para las generaciones futuras”. Según el pensador, el deber de cualquier invitado es “ser un buen conversador, ser alguien informado que conoce las cosas, que puede defender su opinión en un debate. Alguien que escucha lo que le estás diciendo”. Todos los problemas del mundo, dice, y desde luego los domésticos, “se resolverían si simplemente atendiéramos a lo que dicen los demás. Un buen conversador es un buen invitado en la cena de la vida”.

De esta invitación a la reflexión, el pensador pasó a hablar de su concepción de la neurociencia. Comenzó citando los últimos avances tecnológicos que muestran el funcionamiento del cerebro a tiempo real, sus respuestas cada vez que acomete una tarea. “Hemos avanzado muchísimo. Pero con esto no es posible entender la conciencia y los fenómenos psicológicos, como se creía que ocurriría”. Las activaciones que esas pruebas y escáneres muestran en el cerebro “nos dicen poco del pensamiento, que se produce en realidad a microniveles imposibles de describir según los expertos”.

A.C. Grayling está convencido de que la neurociencia seguirá avanzando y ampliará su alcance, “pero ni incluso entonces nos va a decir nunca todo lo que podemos saber de la mente”. El profesor asegura esto no solo porque crea, como Descartes, que la mente y el cerebro son dos cosas separadas; sino sobre todo porque “para entender las mentes hay que añadir algo a la investigación del cerebro: lo que nos ofrecen las humanidades. Y de todas las materias, la que nos ofrece más información para conocerlo es la literatura”. Grayling explica esta afirmación de la siguiente manera: “Al leer literatura e historia vemos que hay cosas que nos unen, que tenemos en común y que nos permiten tener solidaridad, compadecernos… Para relacionarnos bien los unos con los otros”. Añade que a todos nos encanta saber qué ha hecho la gente y por qué, y que la literatura es “como cientos de ventanas que se abren a otras formas de ser. A partir de experiencias tan distantes a las nuestras podemos aprender también de nosotros mismos, pero sobre todo podemos comprender a los demás”.

De nuevo hablaba aquí el filósofo de escuchar y entender a los demás “para poder seguir juntos de forma progresiva y vivir de manera que lo podamos disfrutar”. Las personas que, como él, no se consideran religiosas; deben buscar su espiritualidad en el humanismo: entender en qué consiste ser un ser humano y ser feliz. “¿De qué debería estar llena una vida completa? Pasamos demasiado tiempo discutiendo, y no hay tiempo que perder. Solo está la experiencia, y hay que llenarla de disfrute. Si lo hacemos, viviremos trescientos años, trescientas vidas”.

A.C. Grayling finalizó su inspiradora charla con una preciosa reflexión: “Tenemos que otorgar a todo aquel que conocemos, al menos, el beneficio que damos a un cuadro: la ventaja de una buena luz”.

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