Hamlet o la eterna duda

Susana Torres Prieto. Profesora Asociada del área de Humanidades, IE University

‘Ser o no ser’ es sin duda la duda metafísica más repetida en la cultura occidental. Y quizá una de las frases que se repiten con más frecuencia fuera de contexto, del contexto que Shakespeare le quiso dar. Sobre Hamlet, probablemente la única obra de teatro que se ha representado ininterrumpidamente desde 1602 hasta el día de hoy, han escrito Goethe, Coleridge, Mallarmé, Freud o Lampedusa, por mencionar a los más famosos.

‘Ser o no ser’ no es solo la duda planteada por un joven y culto príncipe entre la agonía de la vida y la liberación que supondría el suicidio, después del desengaño sufrido ante el vergonzoso comportamiento de sus progenitores (todos hemos pasado por eso en la adolescencia), sino la exposición de un asunto más espinoso.

 

Si se está en este mundo, afirma Hamlet, no es porque lo que nos ofrezca sea agradable, sino porque tememos aquello que no conocemos, y es precisamente ese temor a lo que haya después de la muerte lo que nos roba el coraje suficiente para quitarnos la vida y dejar de aguantar las calamidades de este. Y es que, para Hamlet, que no es capaz de cerrar los ojos ante la evidencia desgarradora de que el fantasma de su padre le describe –de cómo le dio muerte su propio hermano para heredar al tiempo corona y esposa– el deber moral le supone un conflicto que ha de resolver con las armas de las que dispone, la connivencia con una compañía de cómicos en la revelación del crimen.

 

Porque estar en este mundo sin hacer caso a su propia conciencia y al ruego del espectro de su padre, eso, Hamlet ni siquiera lo contempla. Y por si esto fuera poco, la denuncia pública implicaría no solo acusar a su padrastro, aquél a quien su traidora madre ha elegido como compañero de tálamo, sino acusar al rey de regicidio, y esto, para el tiempo de Shakespeare, era una posibilidad lejana.

 

De la salud del rey depende la salud del reino, y de sus súbditos, se creía. John de Salisbury ya había hablado de la cabeza del ‘cuerpo político’, que era el rey, y el propio autor no deja lugar a dudas, cuando pone en boca de Laertes, hermano de infortunada Ofelia, las siguientes palabras: “el príncipe no tiene voluntad propia, pues se halla sujeto a su nacimiento, y no le es permitido, como a las personas de humilde categoría, pretender para sí mismo, pues de su elección dependen la salud y la prosperidad de todo el reino”. Duda moral y duda política se funden, pues, en esta frase que nos ha dejado para la historia esta tragedia shakespeariana en la que, como en casi todas las tragedias, mueren casi todos (Hamlet, Claudio, el Rey, Gertrudis, la Reina, Laertes, Polonio, Ofelia, Rosencrantz y Guildenstern) y queda apenas el pobre Horacio para contarlo, que eso sí que es un papelón.

Shakespeare, que supo analizar como pocos las consecuencias del uso y el abuso del poder (aunque desgraciadamente sea más conocido ahora por su Romeo y Julieta, un romance que duró tres días y se cobró seis muertos, por cierto), escribió las desventuras del joven príncipe atenazado por la pena y el sentido del deber en el periodo cumbre de su carrera, cuando ya había afilado su pluma en varios Enriques y algún Ricardo, y habiendo ya acuñado frases memorables como la famosa ‘Mi reino por un caballo’, de Ricardo III, a cuyo repertorio habría que añadir, además de este ‘Ser o no ser’, aquél ‘Algo huele a podrido en el Reino de Dinamarca’, que tan poca justicia ha hecho a pueblo tan generoso, tanto que el propio H.C. Andersen tituló una de sus novelas para adultos con el comienzo del monólogo hamletiano, que, por cierto, en labios de Hamlet, en danés, hubiera sonado algo parecido a At være eller ikke være.

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